Presentación

 


Muy temprano, fui empujada desde dentro por una fuerte exigencia de comprensión.

Ya en mi juventud, el cuestionarme sobre mí misma, sobre el mundo, sobre el sentido de la vida, ocupó la parte esencial de mi pensamiento.
Me parecía que no tenía elección, que mi existencia no podía tomar otro camino que no fuera éste. Era una niña sensible, experimentaba todo con intensidad y tenía una percepción aguda de la naturaleza efímera de cada cosa.

Mi tendencia natural a interiorizarme provocó el comienzo de un recorrido en solitario que duró más de treinta años, para descubrir el misterio de lo eterno escondido en lo más profundo de nosotros mismos. Numerosos libros me ayudaron a lo largo del camino. Mi espíritu exploró intensamente todas las respuestas antes de comprender que no era el instrumento para realizar la libertad infinita. Fue cuando dejé aquella búsqueda que descubrí lo que buscaba.

La realización llegó de repente en el transcurso de una grave enfermedad en 2006. Pude contemplar la realidad de la naturaleza inmortal e ilimitada de la conciencia.

En aquel estado tan cercano a la muerte que conocí, mi propia conciencia, pura, vacía de objeto, no era más que conciencia, conciencia de sí mismo, enlazada al flujo luminoso hasta el punto de disolverse en él. Totalmente abierta, sin límite, la conciencia abrazaba el espacio del universo entero.
La sensación era dulce, apacible. Me sentía en paz como si hubiera estado allí desde siempre. Un momento de atemporalidad.

La conciencia había pasado a otro plano de realidad. La luz que la atravesaba no ocupaba el mundo objetivo que la rodeaba: era su propia sustancia.

Supe que lo que veía era el despliegue de mi propia conciencia. Vivía ciertamente una realidad no dual porque, ya no había diferencia entre él que percibía y lo percibido. Las percepciones eran la expresión misma del resplandor de mi conciencia.

Todo estaba claro. Una sutil y profunda comprensión de la vida, que me dio la sensación de pertenecer a una unidad cósmica provista de sentido, me penetraba sin trabas. Fue el silencio del vacío cósmico él que me enseñó con un amor infinito que permitía ser.

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Nuestra Verdadera Naturaleza


Detrás de las apariencias del universo se encuentra la única realidad: la conciencia.
Ella no es el centro: fuera de ella, no hay nada.
Ella es el continente del cosmos.

Ella es también el impulso, el movimiento que organiza la vida, que crea la variedad infinita de formas y que las reabsorbe. Ella es la danza del vacío.

Todo existe por su potencia ilimitada, ella es la matriz que lo fecunda todo. Cada fenómeno emerge de ella y vuelve a ella. Es la única fuente. Hemos nacido de ella. Somos su expresión.

De la conciencia emana el amor incondicional, sin objeto, sin dirección, que lo penetra todo. Es la energía cósmica que nos atraviesa, nos anima y nos lleva. Lo manifestamos en cuanto la percepción de la unidad de la vida se manifiesta en nosotros.

El pensamiento procede de la misma fuente de energía, pero en su aproximación fragmentaria de la realidad oculta este origen.

No hay que hacer nada particular para ser lo que somos para toda la eternidad. Todo esfuerzo es una proyección de la mente que tiende a conseguir algo. La Realidad no puede ser objeto de búsqueda o de meditación. No hay nada fuera de ella. Acojamos sencillamente toda actividad del cuerpo y de la mente. Las numerosas manifestaciones no son yo, ni mías, sino un juego de la vida. Permanezcamos en silencio, desapegados de todos los fenómenos. Nuestra verdadera naturaleza es paz. No está sujeta a las acciones del cuerpo y de la mente.
La ignorancia consiste en identificarse con esto o aquello.

Cuando vivimos en nuestra totalidad – el espacio luminoso de la pura conciencia – la energía de vida, expresión del flujo infinito, puede alcanzar su plenitud libremente en nosotros y a través de nosotros. No tiene otra meta que no sea ella misma. Nuestros actos brotan entonces espontáneamente de este vacío fuera del tiempo.
En cuanto permanecemos “en conciencia” en este espacio, sentimos que nos estabilizamos, ya que es nuestra propia sustancia lo que realizamos.
Nuestra verdadera naturaleza no es un estado. Es el despliegue continuo de la vida en nuestro espacio de paz y de silencio.

Es la inteligencia que obra dentro de la energía de vida que nos cuida. No nos toca a nosotros hacerlo. La vida nos lleva a donde quiere.
Nuestra existencia terrenal es la historia de la vida que busca realizarse en cada ser, pacientemente, amorosamente.
Procedemos de su vibración original. Somos el universo en el punto de su fuente vibratoria, de donde brota la energía.
Aquí está la raíz de la conciencia.

La vida reside en la conciencia. Sólo puede desplegarse en el espacio vacío, potencial ilimitado, que es nuestra verdadera naturaleza. Es éste el misterio que hay que descubrir. No hay otro.

Somos conciencia, aquí está nuestra verdadera identidad, por toda la eternidad. Somos su movimiento infinito, fuera del tiempo.

Veámonos siendo este flujo sin principio ni fin, armonicemos nuestro ritmo a su pulsación eterna.
Sólo hay una llamada, la del espacio eterno en nosotros. Es nuestra verdadera sustancia, el lugar vacío del latir único de la vida. Esta realidad no está fuera de donde vivimos. Su eternidad se nos revela en cada momento.

Despleguémonos hacia el exterior, participemos activamente en el mundo, conociéndolo como juego, sin dejar de estar dentro de nosotros mismos. Contracción y expansión son los dos movimientos de la vida.
Tengamos el valor de aligerarnos de todas las presiones de la sociedad y vayamos al encuentro, solitario, de la Realidad.
Nuestra dignidad de ser humano nos pide unirnos en conciencia a la esencia de nuestro ser.
Simplifiquémonos, despojémonos, y en este vacío, descubriremos la inteligencia de la vida realizándose.

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